SER UNA PERSONA SENSIBLE
Por la Dra. Judy Marshall

Traducción al español por Teresa Galarza

[En inglés]



Cuando tenía siete u ocho años, ya me había clasificado a mí misma como una persona sensible. Lo cual no era ni bueno ni malo. En mi creciente conciencia del mundo que estaba descubriendo, simplemente sabía que yo era una de esas personas que parecen muy suaves y dulces. De los que muestran una amabilidad tranquila y sensible y parece que pueden llorar fácilmente.

Ya había notado que hay gente sensible de todas las edades y con muy diferentes idiosincrasias. Los niños sensibles, según mi experiencia, eran un poco más difíciles de distinguir, a diferencia de los adultos sensibles, los cuales son más fáciles de percibir. Varones o hembras, estos adultos sensibles parecían a veces un poco extraños, como si fingieran ser adultos, incluso los más viejos. Cuando se encontraban con niños sin otros adultos alrededor, parecían disfrutar del repertorio de juegos de la niñez y de la imaginación. Cuando estaban con otros adultos, sus ojos brillaban juguetonamente y se comunicaban con los demás de manera cálida. Parecían agentes consumados pero evanescentes en el mundo autoritario de los adultos. Me sentía realmente cerca de estos adultos sensibles. A veces, me asustaba un poco.

Yo no había elegido ser sensible, y no pienso que nadie me hubiera etiquetado como tal por muchos años. Sin embargo, desde una edad muy temprana me di cuenta de que yo reaccionaba de una manera más contundente y por más tiempo que la mayoría de muchachos que conocía. Desde los ruidos… a la anticipación de las visitas de mis abuelos… a una voz enojada… al cosquilleo… al sentimiento como de pinchazo en el corazón cuando jugando al escondite estaban a punto de encontrarme—las emociones se acumulaban de arriba para abajo, a mi alrededor, a través de mi pequeño cuerpo, como si se tratara de los dedos de un pianista en un teclado. Mi corazón era como una bola enorme, la cual vibraba eternamente—palpitando, sacudiéndose, lastimándose, con cosquilleos… a veces parecía levantarme tan alto como si fuera a volar.

Más allá de la emoción pura, mis sensaciones funcionaban de una manera tangible, sensual. El hecho de ser criticada—o peor aún, de que me griten—puede crear un ardor, una sensación punzante en todo mi cuerpo y dejar un sabor amargo que dura horas. La mayoría de mis compañeros parecía ignorar tales incidentes. Cinco minutos y ya estaban fuera corriendo, riendo despectivamente para atormentar a cualquiera que hubiera expresado descontento y deshaciendo por completo cualquier interacción psicológica desagradable que hubiera ocurrido. Para mí, ver a otra persona decepcionada, dañada o ridiculizada me producía una angustia asfixiante alrededor del área del corazón. Odiaba ver sufrimiento en la cara de otras personas. Si yo había sido uno de los perpetradores, aunque hubiera sido en menor medida, el dolor me quemaba y tardaba días en irse, incluso cuando me había disculpado. Conducir por la parte pobre de la ciudad o encontrar a un individuo débil, oprimido, o con una deficiencia severa podía obsesionarme severamente. A veces sentía un vínculo físico real con otras personas, incluso con aquellas personas a las que no conocía. Extrañamente, incluso cuando me hacía daño su dolor, esto parecía ser algo valioso.

Rara vez discutí sobre estos sentimientos en profundidad con otras personas. De vez en cuando, algún adulto bienintencionado que había notado que yo reaccionaba de manera fuerte trataba de explicarme la manera en que funciona el mundo y, con una voz suave, me decía que no debía tomarme las cosas tan a pecho. Sin embargo, en su mayor parte, mi vida emocional era indescriptible y privada—no por vergüenza o preocupación por mi parte, sino porque era muy profunda.

La imaginación también me afectaba. Aunque claramente yo sabía la diferencia entre el sueño y el mundo real (y generalmente era considerado una niña brillante y sensible), parecía haber una zona intermedia y nebulosa en la que fantasía y realidad se fusionaban de forma indistinguible. Solamente vi una película de terror durante toda mi niñez. Esto dio lugar a pesadillas nocturnas durante semanas, y yo sabía que era importante no volver a pasar por eso otra vez. Ninguno de mis compañeros tenía reacciones de este tipo y se reían de las imágenes aterradoras que resultaban tan reales para mí. No podía entender cómo ellos podían insistir en que era “solo una película”, yendo a ver más semana tras semana. Desde mi punto de vista, parecía estar perdiendo algo que esencialmente me protegía. Desde su punto de vista, mis amigos se burlaban a veces pero nunca me ridiculizaron por mi temor y emotividad. Tal vez, fui afortunada de ser una chica en la década de 1950, dado que mi comportamiento “afeminado” era considerado apropiado para mi género, aunque parecía que entre los niños simplemente fui aceptada por ser quien era yo.

Por ejemplo, también tuve la reputación de ser capaz de leer la mente, y esto se consideraba algo valioso. Uno de los descubrimientos más confusos de mi infancia era que otros no parecían ver las emociones de otras personas que resultaban muy claras para mí. Desde muy joven, tuve la capacidad de leer las emociones de los rostros y cuerpos de todo el mundo que encontraba. Para mí, leer los sentimientos era simplemente una parte natural de procesar la realidad, algo que aprendí a hacer, como hablar inglés o leer palabras. Cuando estaba en la escuela primaria, me quedé atónita al aprender que no todo el mundo hacía esto. Le preguntaba a un amigo por qué una madre o un maestro estaba enojado y me miraban con total incomprensión hasta que, a menudo, la madre o el maestro exhibía obviamente un comportamiento enojado (y me consideraban un genio). Aprendí que gran parte de mi comportamiento compasivo hacia los demás surgía del hecho de que pudiera ver tristeza o daño en el comportamiento de algunos otros. A veces parecía que mis amigos y yo habitáramos en dos mundos diferentes.

Al comprobar mis percepciones con las de los adultos de confianza, me trataban como seductoramente dulce, pero con una condescendencia que desautorizaba totalmente mi realidad. Aprendí a no mostrar la magnitud de mis extremos emocionales o intuiciones. En ocasiones, éstos se convirtieron en una carga que hubiera preferido no tener. Aunque los valles dolorosos parecían parte del paisaje de la vida, en general era una niña feliz.

También tenía una comprensión sutil de que mi vida era más rica por las tendencias que podían ser tan onerosas. Era consciente de que gran parte del “juego” de mis amigos parecía muy limitado, prescrito por el juguete o programa de televisión del momento. No es que ellos no tuvieran acceso a la imaginación. Simplemente parecía que se les diera instrucciones para que se parasen, para no llegar más lejos. Me aburría tan rápido que podía crear escenarios fantásticos y amigos o enemigos imaginarios infinitos, lo cual me hizo ser una compañera de juegos popular en el grupo de vecinos. Los adultos comenzaron a etiquetarme como “creativa”, dicho con entonación positiva pero con cautela. Estaba aprendiendo que mi sensibilidad era claramente mejor para con los niños.

Cuando entré en la adolescencia y me enfrenté cara a cara con más asuntos de adultos de los que la adolescencia trae, mis experiencias “sensibles” se vieron envueltas en juicios negativos por primera vez. De repente, el mundo parecía ser un lugar mucho más frío. El trasfondo de la ternura, que es sutil pero penetrante durante la infancia (quizás porque los niños evocan emociones tiernas en otros), dejó de existir tras la pubertad. La competencia ya no era simplemente una urgencia fugaz durante una tarde de juegos o una mezquina rivalidad entre amigos, sino que se convirtió en el principio rector de casi todos los elementos de la vida. Desde las tareas de la escuela a las aspiraciones y los planes futuros, la existencia cotidiana tomó un empuje agresivo hacia objetivos prescritos que nunca hubieran importado antes. Incluso las relaciones comenzaron a tener un equilibrio de poder y control, que previamente había ignorado felizmente.

Al menos internamente, tenía dificultades para hacer frente a las nuevas exigencias. En el exterior, era una buena estudiante y gustaba bastante, aunque luchaba con la timidez. Las presiones académicas ásperas y la escena social dura eran desagradables e inquietantes. Con ganas de triunfar, pero sintiendo fuertes impulsos compasivos y deseos de bondad, me resistía a aceptar que el mundo tuviera que ser tan injusto y agresivo, y que la gente pareciera sentirse bien al degradar a otros.

Diariamente, mi naturaleza sensible parecía bombardeada por una amenaza potencial y un ataque en cada esquina. El ambiente era una zona de guerra virtual desde mi perspectiva. Una mirada aquí, un rechazo allá, o leer la desaprobación maliciosa o desprecio en la cara de otros me catapultaba en picado a emociones negativas. Me costó hacer valer mis necesidades y deseos, particularmente a menudo percibía que esto se hacía a expensas de otros. La crueldad desenfrenada y penetrante era desagradable, pero quería la aprobación de mis semejantes, me sentía culpable cuando percibía que participaba mediante el silencio y la falta de apoyo a la víctima. Pensaba que estaba más segura al asumir un papel de cuidadora, pero constantemente veía que a los que yo cuidaba tenían poco interés en intercambiar el trato amable y cuidar de mí. Las decepciones eran enormes, y mi naturaleza emocional sensible rebotaba por doquier. Muy a menudo, me veía abocada a una espiral descendente hacia un lugar de severa degradación propia. La fantasía ya no era el esfuerzo creativo y alegre de la niñez sino un mecanismo defensivo, utilizado como una amarga retirada de los fracasos del día.

Tuve problemas con la comida, de vez en cuando con el alcohol y tuve muy baja autoestima, aunque esto era más evidente en mi interior que en el mundo exterior. Yo no me veía como particularmente patológica ni con problemas, sino principalmente con la mala suerte de haber nacido con un temperamento muy delicado. Comencé a ver mi sensibilidad como sinónimo de debilidad y de no adaptación a la vida—aunque bajo esto había ciertos aspectos de mi naturaleza sensible, como la compasión y la creatividad, que (en teoría) todavía apreciaba en mí misma cuando veía estos rasgos en otros. Sin embargo, me aseguré de parecer una persona de éxito suficiente en lo superficial, con una actitud de independencia e indiferencia llamativa que desmentía así la lucha que había en mi interior. Me comportaba de manera que no me gustaba para encajar y negar lo sensible que era en realidad. Incluso con algunos de mis amigos más cercanos, buscaba ocultar el grado de mi sensibilidad, cada vez más “metida dentro del armario”.

En la edad adulta, mi identidad era débil, frágil—aunque, aparte de recibir observaciones como por ejemplo que no estaba viviendo mi potencial, continuaba funcionando bastante bien y era alegre y entusiasta en mis interacciones diarias. En el interior, la montaña rusa emocional seguía funcionando, y muy a menudo me llevaba a profundidades muy bajas. En mi relación con los demás, había perfeccionado el papel de cuidadora fuerte y hábil que había comenzado a desarrollar durante la adolescencia—y continué siendo explotada seriamente en consecuencia, provocando cada vez mayor desconfianza y una angustiante auto-devaluación. Para contrarrestar mi debilidad evidente, secretamente idolatraba a psicópatas y deseaba convertirme en uno de ellos en mi próxima vida. Durante un tiempo, en una especie de complementariedad perversa, parecía sentirme atraída hacia los narcisistas más agresivos que había a mi alrededor. Las ventajas y desventajas para mí eran que durante la duración de nuestra relación, me refugiaba bajo el paraguas protector de su arrogancia que daba derecho a tratar con un mundo cruel en el que generalmente sentía que me devoraban. A cambio, permitía que me usaran horriblemente y que abusaran de mí psicológicamente.

Con interés en la psicología, particularmente después de someterme a un entrenamiento formal, había perdido el contacto con mi identidad “sensible” en conjunto y comencé a centrarme en las áreas problemáticas específicas tales como la baja autoestima, la depresión, la falta de asertividad y la dependencia. Al principio, esto era una cosa positiva porque estaba decidida a solucionar estas dificultades de una vez por todas a través de la terapia y el conocimiento psicológico. Identifiqué traumas, problemas y patrones disfuncionales de mi infancia. Intenté someter el funcionamiento interno de la montaña rusa de mi interior en una camisa de fuerza de equilibrio y control. Dejé atrás la crisis y comencé a salir con hombres y amigos que resultaban tediosos pero que eran “apropiados” para mí, y que ayudaban a consolidar necesidades adecuadas. Sin embargo, siempre parecía que faltaba algo, y nunca parecí funcionar mejor o ser más feliz por todos mis conocimientos y maquinaciones terapéuticas. No importa lo aparentemente sana que me volví; mi psique delicada, parecida a una esponja, siendo lo que era, continuó luchando y reaccionando intensamente a todos los matices de la existencia diaria y podía, en un instante, caer en un estado de desesperación devastador.

Básicamente fracasada, me sentí aún más dañada y deficiente y además culpable por haber fallado y por querer más. Entonces me culpé a mí misma porque, en mi corazón, sabía que nunca hubiera aceptado el programa de terapia. A lo largo de todo esto, siempre tuve esa sensación de albergar partes positivas en mi personalidad que contradecían las formulaciones habituales diagnosticadas de disfunción y patología. Nunca creí que la compasión fuera en realidad co-dependencia, que la pasión y la intensidad emocional fueran anormales, que la intuición fuera simplemente la proyección de mis propias necesidades emocionales, o que un deseo de justicia y un predominio del amor en las relaciones humanas fuera sólo una fijación infantil causada por algún trauma inconsciente de la niñez temprana.

También comencé a notar que muchos de mis pacientes, que crónicamente luchaban con los mismos tipos de problemas, no encajaban en las fórmulas tradicionales y mostraban la misma naturaleza de doble filo: por un lado paralizados por la angustia y la duda, pero por otro lado con una inmensa compasión, discernimiento, y potencial creativo. A menudo eran gente con gran éxito en sus vidas personales y profesionales. Me llamaban la atención los constantes lamentos de lo difícil que es ser una persona sensible en un mundo despiadado e insensible. Quedó claro que, como yo, parecían aborrecer esas cualidades que los hacían débiles y vulnerables, aunque estas cualidades eran las únicas que los hacían queridos para mí. Bajo el dolor había una joven esperanza y entusiasmo, una reactividad honesta, y una empatía ilimitada que eran verdaderos dones, no cargas. Me preguntaba si otras personas se sentían atraídas a mí por las cualidades que tan decididamente buscaba esconder. Darme cuenta de esto me devolvió a lo que siempre había conocido a nivel personal—que para algunos, hay un núcleo esencial “sensible”, que es el pasaje a las alturas y profundidades de la experiencia humana.

Tuve mucha suerte. En algún momento, empecé a explorar mi lado artístico. La creatividad, que inicialmente era un refugio, se convirtió en una fuente de energía dirigida, una sensación de logro y sentimientos de paz instantánea, mejores que la autoestima. Mis actividades artísticas despertaron nuevamente los aspectos positivos de mi gran imaginación, la cual me había acompañado durante la desconfianza desde la niñez. Estando expuesta a gente artística, vi que ellos no parecían funcionar mejor o peor que casi todos los demás, pero había un ambiente de emotividad, matices, e irracionalidad vibrante pero productiva, que me hicieron sentir como en casa. Comencé a apreciar la riqueza que aporta una perspectiva emocional, con todos sus golpes y dolorosos altibajos.

Mucho después, la cara positiva de la sensibilidad se reforzó aún más cuando me despertó a la espiritualidad. Esto pareció abrir una puerta a otra dimensión existencial, un mundo más en sintonía con mis percepciones, principios y objetivos. Encontré explicaciones positivas de mi interpretación de la realidad, mi compasión y la totalidad de quién era yo. A través de la práctica espiritual, aprendí a lidiar con las emociones. De hecho, mis tendencias sensibles en realidad parecían un trampolín a una mayor comprensión espiritual y actualización. Al encontrar consuelo y orientación en nuevos desafíos según lidiaba con el mundo cotidiano, comencé a ir más allá de simplemente sobrevivir psicológicamente y descubrir que mi emoción y compasión en realidad proporcionaban vías de transformación positiva en mí misma, el mundo a mi alrededor y las relaciones con los demás. Comencé a darme cuenta de que la sensibilidad es un regalo tremendo pero complejo, y que esas características hacen que la vida sea tan desafiante y muy dolorosa a veces pero también puede ser una puerta de entrada a una increíble riqueza, significado y realización personal.

Ver la sensibilidad como una cosa positiva es una experiencia inmensamente liberadora. Esto no quiere decir que no volveré a sentir la montaña rusa en mi interior, y todavía hay veces que me puedo encontrar plagada de episodios de inseguridad (que pueden ser insoportables) y a veces incluso desesperación. Sin embargo, esto ocurre con menos frecuencia e intensidad y son momentos relativamente pasajeros. A través de diversas estrategias y opciones de estilo de vida, he aprendido a manejar los aspectos negativos de mi temperamento sensible bastante bien. También he aprendido que yo puedo situarme en una espiral ascendente o descendente. La parte positiva de mi sensibilidad crea riqueza y belleza en la experiencia cotidiana, una magia inocente y una vitalidad creativa en vivir la vida y el potencial de extraordinaria profundidad y significado en las relaciones.

Ser una persona sensible es como estar eternamente en una bifurcación en el camino, que se abre a vías tanto positivas como negativas. A veces uno se ve atraído o empujado hacia el lado más oscuro y negativo. Así es y será siempre. Sin embargo, la persona sensible suele poder elegir. Desafortunadamente, las personas más sensibles no saben esto. Hacer la elección positiva implica entender lo que la sensibilidad es, los singulares retos a los que se enfrentan las personas sensibles y la necesidad de asumir la responsabilidad de gestión a través de estrategias que maximizan los aspectos positivos y minimizar los aspectos negativos de una naturaleza sensible. Las personas más sensibles pueden apoyarse mutuamente y afirmar los aspectos positivos de su naturaleza en el mundo en general.

Para mí, ha sido un viaje con obstáculos pero increíble. Sin embargo, en este momento de mi vida, puedo honestamente y con orgullo decir que estoy agradecida de ser una persona sensible.

 

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Judy Marshall
Acerca de Judy Marshall, Ph.D.
California | Estados Unidos

La Dra. Judy Marshall se doctoró en psicología clínica por la Universidad de Carolina del Norte en Chapel Hill. En sus más de treinta años de práctica clínica en Nueva York y Los Ángeles ha trabajado con muchos grupos diferentes, desde niños hasta frágiles ancianos, mostrando un interés particular en temas como la autoestima, la depresión, la sensibilidad y la creatividad.

En un plano más general, trata de ayudar a todos a superar la brecha entre la comprensión espiritual y la psicológica. Además de ser una artista visual, Judy ha tenido un interés de por vida en la filosofía y en la necesidad de explorar lo que es misterioso e intuitivo y que guía nuestras vidas. Para más información, leer la página Acerca de.

Teresa Galarza
Acerca de Teresa Galarza, Ph.D.
Valencia | Spain

Teresa Galarza nació en España a finales de la década de los setenta. Estudió Filología y tiene un Doctorado por la Universitat de València, Spain. Trabaja como traductora además de como profesora e investigadora. Empezó su actividad como traductora cuando era universitaria, del ingles al español y al catalán, sus lenguas nativas. Recientemente ha emprendido un nuevo negocio, West Indies Publishing Company, siendo su primer libro la traducción de la novela perdida de Walt Whitman Life an Adventures of Jack Engle. La web de Teresa es: courtesytranslations.es, se puede acceder a sus artículos de investigación desde su perfil de LinkedIn, y sus artículos de divulgación están disponibles en Jot Down.

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